Sin ánimos de spoilear, les contaré que hace unos días vi Toy Story 5 y, tal como revela su tráiler, la historia presenta un nuevo personaje tecnológico llamado LilyPad. Es uno de tantos dispositivos inteligentes capaces de captar la atención de las personas y, poco a poco, alejarlas de los juguetes "normales", de sus hobbies y de aquello que antes las hacía disfrutar el tiempo. ¿Te suena conocido? Al leerlo parece un capítulo de Black Mirror, pero es mucho más cercano a la realidad.
Cuando era niño podía pasar horas construyendo ciudades con palos de madera. Con servilletas y un poco de hilo fabricaba paracaídas para mis soldaditos. Otros dibujaban, tocaban guitarra, coleccionaban insectos, salían en bicicleta hasta que oscurecía o simplemente se quedaban conversando con los amigos.
Hoy seguimos teniendo tiempo libre. Tenemos herramientas que prometen optimizarlo todo. Ya ni siquiera vamos al supermercado porque "no tenemos tiempo". Entonces aparece una pregunta que parece obvia, pero que rara vez nos hacemos:
¿Qué hacemos con el tiempo que supuestamente estamos ahorrando?
¿Puedes identificar cuál es tu LilyPad y de qué te está alejando?
En esta columna hablamos sin pretensiones. Sin superioridad moral ni nostalgia exagerada. Es cierto que cada generación ha tenido sus distracciones: la televisión, las consolas, Internet. Pero existe una diferencia importante: hoy las distracciones ya no esperan que nosotros las busquemos. Ya no esperan el fin de semana para encender la televisión o la consola. Simplemente están en todos lados.
Cada notificación, cada reel, cada video recomendado y cada anuncio están diseñados para responder exactamente a lo que queremos antes incluso de que lo sepamos.
- No hay silencios.
- No hay aburrimiento.
- No hay espacio para que aparezca una idea propia.
Poco a poco dejamos de hacer cosas que no entregaban dopamina inmediata, pero sí satisfacción a largo plazo o la oportunidad de compartir con otros: armar un rompecabezas, leer un libro, pintar, escribir, salir a caminar, tocar un instrumento o simplemente pensar.
Hagamos un supuesto.
Imaginemos que, dentro de nuestra agitada vida, pudiéramos reservar solo una hora a la semana: una hora de las 168 horas que tiene una semana. Durante esa hora decides reencontrarte con un hobby que abandonaste o atreverte a comenzar uno nuevo.
- Deja de lado los miedos.
- Deja de lado el síndrome del impostor.
- Deja de lado esa voz que siempre pregunta qué dirán los demás.
- Por una hora, ponte a ti en el centro y piensa libremente qué te gustaría hacer.
A veces resulta difícil reconocer que hemos dejado partes de nosotros en el camino. Quizás sea más fácil responder otra pregunta:
- ¿Cuándo fue la última vez que tocaste guitarra?
- ¿Cuál fue el último libro que terminaste?
- ¿Cuándo saliste a tomar fotografías con tu cámara solo por el gusto de hacerlo? (Ese soy yo... y no recuerdo la fecha... ).
La inteligencia artificial, los teléfonos y toda esta revolución tecnológica son herramientas extraordinarias. Yo mismo trabajo con ellas todos los días y difícilmente volvería atrás.
El problema no es la tecnología. Tampoco lo fue la industrialización.
El problema aparece cuando permitimos que la modernización nos saque de nuestro centro y termine consumiendo aquello más valioso que tenemos: nuestra atención.

